SEÑOR CANO
¿Qué puedo decir de usted?
Usted fue mi vigilante personal, la presión sobre mi espalda,
Cuando yo aun tenía el cabello amarillo
Y a diario en la plaza hacia mis maldades
usted siempre me vigilaba
yo fui malo, muy malo cuando niño
pero fui un malo perseguido por su mirada, nunca estuve tranquilo
su figura de buda sentado en la mecedora
mientras yo jugaba futbol con los pies descalzos
o jugaba al “fusilado” con los chicos
era su figura como una sombra silenciosa y estática;
yo sabia que usted estaba allí, cada vez que volteaba a su terraza
mirándome, mirando desde aquella esquina;
y así pasaron los años hasta que abandoné el barrio.
Señor “cano”:
Su piel canela y quemada no conocía las camisas
y usted con sus abarcas, usted con sus pantalones de paño
trayéndome del centro aquellos alambres telefónicos.
¿Qué puedo decir de su persona?
Que me enseño a elaborar manillas,
que le admiraba las hermosas cometas que hacia,
que fue esposo de unas de las mujeres mas buenas de aquel barrio;
debo confesarlo,
vi tantas veces a sus hijas bañarse desnudas, lo digo ahora
no valla a jalarme las patas.
Me duele su partida como a toda la “tercera etapa”
el cigarrillo vino por usted y por su otro pulmón
y se llevo al padre de mis amadas amigas mivian, libia y Miriam;
la señora Astrid derrama lagrimas de presagio
y su esquina, su baldosa amarilla ya no sentirán sus pasos,
adiós como a su recuerdo que vacía mis horas de calle
adiós al cansancio sedentario de nuestra indomable lucha por la vida
adiós de parte de mi mama y de mi papa
adiós y perdone las travesuras que soportó de mi en la “pradera”,
adiós y yo era quien caminaba por el tejado de su casa y rompía las tejas
adiós, adiós y no sigo mas porque de veraz vendrá a jalar mis patas.
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