domingo, 5 de julio de 2009

EL DESPERTAR DE APOLO


EL DESPERTAR DE APOLO. Por narval vianni


Sorpresivamente y en una nueva era. Apolo abrió de nuevo sus ojos al presente y despertó sintiendo un fuerte olor a huesos de humano, extendió su mano izquierda y vimos una sombra extensa que cubría la tierra. Hubo miedo, temor de que el fin del mundo hubiera llegado. Pero el, que quería pasar desapercibido tomó forma no de humano sino de poeta humilde y sencillo porque esto era lo más parecido a un dios aunque estuviera pisando suelo contaminado. No quiera este ser divino, ser del sol, hacer nada por los vivientes desmemoriados que seguían caminando entre piedras y escombros por los continentes y a quienes él había olvidado en lo eterno, porque los insolentes soplos de carne y hueso; a veces de perdón y sentimientos lo habían traicionado hacía mucho tiempo. Apolo decidió vivir unas tres o cuatro décadas que para su infinita vida serian no más que unos pocos segundos en lo imperecedero, entonces ocupó un cuerpo, el más sencillo, destartalado y débil de los cuerpos el cual no llamaría nunca la atención en un escenario iluso de pecado. Descubrió que el número profano se había duplicado o triplicado y que esto no parecía incomodar a ninguno y que de lo contrario parecía más cotidiano, por ejemplo, que en religiones, dioses frívolos, cultos, guerras, muertes, miseria eran siempre el mismo verano. Supuso al momento que esto sería lo más esperado pero lo extraño para él es que sucedió en tan poco tiempo. Aunque él era un dios bueno no quería entrometerse en la historia vacía y carente de juicio de una pequeña orbe sin perspectiva. Y esto apenas sucedía en aquel tiempo en el que su deleznable e intrínseco cuerpo crecía, un dios encarnando en un niño que solo quería permanecer en los tejados de la pobre casa que había escogido para pasar unos instantes. En lo nocturno siempre, bajo los astros siempre inspirado por las estrellas como acostumbraba en sus dominios resplandecientes. Sucedió entonces que un segundo después cuando en edad humana ya era mayor Solo quería escribir sus bonitas e inmortales líneas como lo hacía en su reino de luz o en los campos elíseos o en su monte Deli que estaba perfumado por una primavera infinita y una gracia celeste. Empezó a sentir extrañeza, comenzó a sentir ensimismamiento y que él, en su visión de dios, involuntariamente ya había tomado el timón del destino de este mundo que rechazó por infame, ya sus años en la atmosfera terrestre no le parecían minutos o tiempo cósmico, sino tiempo humanitario, es decir, que ya le parecían años o décadas largas y la realidad de las personas le estaba empezando a ser indisoluble y estaba comenzado a sentir sensaciones vanas como la gente. Apolo eligió seguir experimentando hasta tal punto que permitía que el cuerpo le doliese porque al final de todo no podía morirse, el era un dios y no un líder, el era un dios y no un hombre. Pensaba en sus mañanas de reflexiones en las razones del porque los dioses habían abandonado el mundo y estaba convencido de que a los dioses les aburrió la idea de buscarle entendimiento a los humanos y que tan solo un niño era más complicado que toda la sabiduría de los dioses, les aburrió su naturaleza insípida inspirada en muerte y cruel venganza. Pero llegó la madre de todas las noches y recordó Apolo su violento castigo, había perdido en este insignificante grano de arena que flota en el olvido de Zeus y que esta mojado por las últimas gotas de rocío del indestructible oleaje de Poseidón. Al amor que le machó eternidades atrás la corona y que le sacudió la razón, aquel amor condenado a la expulsión y que fue desterrado a los apartados recodos donde el polvo sirve de consuelo al corazón.
¡Oh sienes viles de un velo atado a mis ojos por una mano más poderosa que la mía, casi pierdo mis jardines por sentir agonía! Ahora tengo memoria y el crepúsculo de oro se torna negro de apatía! Con rayos poderosos partieron en dos mi existencia y cómo es posible que alguien imponga en mi el olvido en el que no creía? Te habían borrado de todos los universos pero lo que me diste ahora me invoca y me ha traído a esta oscura maravilla. Eres tú quien me despertó de una manera que no concebía y eres tú aunque perdida quien susurraba desde el laúd de las recíprocas melodías. Preso estaba y empiezo a creer que también los dioses se afligen como las personas. Pero aquí no hay arpas ni gredas que brillen en las praderas, ni obeliscos incandescentes que me hagan sentir en casa y además este cuerpo que me limita, este cuerpo desprovisto de luz solar y de poesía ¡yo el gran señor de las artes, el tesorero de todas las cosas preciosas ni siquiera tengo los medios para hallarte! Y eso que este mundo solo es materia, pero siento que para ver inmenso al mundo es necesario primero sentirse pequeño.
Apolo se sintió infinitamente afligido como el mismo ¡qué ironía! y solo por este cuerpo horrible, desgreñado cuerpo que había elegido no podía encontrar su valía; el amor simple por el que antes había sido tentado. Se lamentaba y en el espejo del ocaso veía su reflejo deforme y decía: “que desacierto fue haber elegido esta demacrada figura” pero ya no podía hacer nada ni reelegir otra porque quizás en ese trance peligroso volvería a quedar ciego y sin memoria y recomenzaría el castigo que inconscientemente pagaba. Durante algún tiempo buscaba en las olas, debajo las copas de cristal, en las avenidas verdes donde el poniente tampoco lo reconocía; buscaba en el tiempo, en los muelles desdentados donde solo hay putas y grises siluetas de doncellas impuras, buscaba en todas las efigies, bajo todas las piedras, dentro de todas las paginas pero su agria ausencia no le satisfacía; no la encontraba, y para empeorar las cosas: los huesos, las vísceras, la piel, la mirada y su voz ya era más vieja y le aquejaba. Los sueños le decían espera, pero en los dioses como casi siempre ocurre, nunca esperan y son demasiado orgullosos y sacrifican cosas que para ellos son leves. El amor no lo era, claro, pero lo abatía una duda. Así que decidió irse a su paraíso de dulzura y enterrar sus sentimientos efímeros en la tumba, y seguir siendo dios y no fijarse en las cosas que suceden en la tierra, así que se quitó aquella piel, aquella voz, aquella mirada, aquella poesía y en el acto, casi por añadidura desapareció con el inútil cuerpo la melancolía y la tristeza y claro, creció a velocidad de cometa el ego, el orgullo y la pedantería. Los dioses pecan solo con ser dioses. Cuando se alejaba miró por última vez al mundo y cuando pensó que este estaba condenado escuchó un rugir del viento que decía ¿cómo puedo amarte si cuando miro al cielo me desconsuelo? Volvió a mirar y entonces vio luminoso al mundo, más brillante de lo que él jamás estuvo. Ante sus ojos una imagen de tierra, de fértil vida, de sublime naturaleza, de arpa y de poema, era una diosa que se hacía llamar mujer y estaba desnuda y decía adiós con tristeza y derramando lagrimas al son de las olas también voltio la mirada. Apolo sintió de nuevo extrañeza y quiso devolverse a remediar estas cosas, pero quien sabemos ya no se lo permitía, así que desapareció una vez más dejando recalcitrante nuestra memoria. Lo que los dioses no saben es que un pequeño dormir de ellos para nosotros significa toda una historia y preferimos que duerman en la tierra y no en los cielos donde nadie nunca podrá despertarlos.
Apolo quedó grabado en las piedras y en el sol, en alabanzas a la luz de una hoguera, pero aun, bajo el suelo está enterrado su cuerpo y muchas generaciones todavía lo lloran, no saben en realidad la verdadera historia, solo creen que era un muy buen poeta

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